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Textos
 
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La realidad de María
 
 
Es difícil encontrarse en pintura algo nuevo. Llevamos mucho tiempo con casi todo inventado y la realidad no nos supone nada más que distintas variaciones sobre un mismo modo de actuación pictórica. Aquí, en medio de una circunstancia artística de desarrollos adocenados, casi todo se parece a todo y en cuanto algo nos distrae de tanta esclerosis plástica es porque detrás se encuentra un artista con las ideas más claras que los demás, poseedor de un ideario estético comprometido y muy distinto a los postulados al uso.
 
En este ambiente de parecidos planteamientos, tenemos la suerte de encontrarnos ante un diáfano oasis de esplendor artístico. En este desierto de ideas, después de superados los ilusorios efectos de lo que pudiera parecer un espejismo embaucador, se nos ofrece espectantes las frescas situaciones de una pintura que se aparta diametralmente de las manifestaciones habituales, y lo que es más importante, no nos va a dejar indiferente porque está cargada de emoción, de esencias, de recuerdos y de impulsos para que cada cual introduzca sus resortes emotivos con los que captar los infinitos juegos que ella ofrece.
 
María Ortega es una pintora que, desde sus inicios profesionales, nos está acostumbrando a una realidad que va mucho más allá. En su trabajo no anida el aburrimiento. Sus pinturas dicen por sí solas lo que la mayoría sólo esboza o, lo que es peor, deben ser acompañadas por complejos tratados explicativos. María abre caminos, aclara perspectivas y deja entrever una vía para que cada cual se introduzca en un mundo particular lleno de esencias, recuerdos y sentimientos.
 

En la pintura de esta artista se recrea un universo emocional distinto. Está hecha de retazos de emociones, de pequeñas piezas donde la realidad muestra su cara más entrañable. Ella ha sido capaz de crear una realidad que podemos titular la realidad de María. Y es que su trabajo no es más que la trascripción exacta de ella misma; la puesta en valor de todo ese testimonio que surge en el fondo del alma y crece en el más puro estado, sin alteraciones,ejerciendo una función emocional que va más allá de esa propia realidad diaria donde todo es confuso y lleno de intereses espúreos.

María crea un mundo de mínimos - Mercedes P.Santos los llamó con razón, bocaditos de esencias-, retazos de imágenes extraídas del pozo sin fondo de la memoria cercana, de ése corazón todavía puro que espera recrear una verdad.

 

Para ésta exposición en su galería cordobesa, la joven artista ha ideado un universo floral donde lo de menos es la naturaleza conceptual. En su obra sigue anidando la más pura esencia. Ella concibe un mundo distinto, una realidad que no encierra dobleces, unos tenues gestos que permiten rebuscar en la conciencia cercana, que manifiestan los deseos inconfesables de un corazón henchido de pureza. La artista manipula la realidad de la materia plástica para generar múltiples espacios donde tiene lugar ese proceso creativo inundado de emoción, verdad y carácter pictórico.

Por sus obras florales el espectador se acerca a un universo de imágenes entrañables; es, una vez más, el universo de María Ortega en estado puro. Pero además la artista se desmarca de sus habituales registros y nos plantea una acción donde se deja entrever un espacio de formas presentidas que posibilita un juego de intereses donde todo es susceptible de mostrarnos un ideal camino por donde circular envueltos en una natural dinámica de recuerdos.

 

Con ésta exposición, María Ortega da un paso adelante. Su pintura adquiere mucho más carácter, pero coservando toda la infinita dulzura de su magia creativa.

Nos encontramos con una artista mucho más madura, con una pintura que va evolucionando despacio y conquistando nuevas parcelas. Todo con el sabor de su siempre entrañable y particular universo donde la realidad pierde sus marcas extrañas y conserva su especialísimo carácter de justa verdad.

 
Bernardo Palomo
 
 
 
 
Texto dentro del catálogo Arbolario, de la exposición en la Galería Carmen del Campo. Córdoba, Septiembre 2008